Una nueva oportunidad de integrar el Perú PDF Imprimir E-mail
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Jueves, 18 de Agosto de 2011 19:41

RECURRIENDO A NUESTROS PROPIOS VALORES Y A LAS LECCIONES DE NUESTRA HISTORIA

  •  Por Gonzalo Fernández Montagne
  • (La información del artículo a continuación es responsabilidad exclusiva de su autor)

 

El Perú no constituye aún el país debidamente integrado al que siempre hemos aspirado, ni dispone de un Estado debidamente organizado como institución democrática que represente realmente a sus ciudadanos. Sin embargo, producida la elección del nuevo presidente de la República, es una buena ocasión para renovar las esperanzas en el logro de los mejores propósitos de nuestro espíritu colectivo, y una nueva oportunidad para empezar a cumplir la bella promesa que es este maravilloso país, en palabras de Jorge Basadre.

Faltando diez años para celebrar el bicentenario de la Independencia del Perú, conviene resaltar algunos hechos que han dejado huella en nuestra vida Republicana. El territorio de los Incas fue conquistado por el Reino de España, en medio de una guerra civil en la que dos hermanos se disputaban el poder del Imperio, y se convirtió con el tiempo en motivo de disputas entre élites dominantes, locales y foráneas, por su codicia, afán de riqueza material y privilegios, y con el tiempo en lugar de atentados contra el hábitat y el mundo natural que era sagrado para los habitantes originales y que, según el pensamiento cristiano, fue creado por Dios con amor para el disfrute de todos los seres vivos. De cualquier modo, es justo reconocer que en el territorio que hoy corresponde al Perú hubo muy honrosas excepciones de personas de toda condición, con o sin autoridad, entre quienes actuaron con dignidad y valores cristianos en su encuentro con las culturas originarias, principalmente los sacerdotes que acompañaron a los conquistadores; y con el transcurso del tiempo, entre aquellos que se establecieron en la joven República.

En épocas prehispánicas, el espacio en el que hoy vivimos estaba organizado sobre la base de diversas subculturas que habitaban en los valles ubicados en la costa, entre los contrafuertes de nuestra accidentada cadena montañosa de los Andes y en aquellos que se ubican dentro de su variada configuración, y como cada una de estas reclamaba su propia identidad y espacio propio de existencia, su coexistencia ocurría en un medio en el que la conflictividad estaba siempre latente. Al ocurrir la conquista, esta condición se mantuvo debido a la actitud de las élites dominantes[1] según cuya percepción, la sociedad estaba conformada por seres superiores e inferiores y, la finalidad de la creación, sujeta a la capacidad de acceso al poder y a su ejercicio por parte de seres superiores que creyeron ser ellos mismos. Esta actitud se ha mantenido consciente o inconscientemente a través de la historia, y ha contribuido a que permanezcan asentados en el Perú grupos culturales diversos, ahora con nuevos factores potenciales de conflicto social, como son las grandes diferencias en el acceso al poder, a la economía del país y a sus beneficios, causantes de extremas distancias socioeconómicas entre dichos grupos.

Esta condición pone en evidencia que, quienes constituyen en el Perú de hoy la llamada clase dirigente, que, según vimos, es más propio denominar élite dominante, han heredado el apego a, y el usufructo de, los privilegios inherentes al ejercicio directo o indirecto del poder, y no entienden “que la libertad económica no es separable de la libertad política y de la libertad social, y que la igualdad de oportunidades es un principio irrenunciable en todo sistema genuinamente democrático”; como consecuencia, tienen una “visión pequeñita, mezquina e interesada”[2] según la cual la sociedad se estructura a base de grupos de personas cuyas diferencias son producto de la propia naturaleza de las cosas. Naturaleza que se expresa hoy en una cultura de ganadores y perdedores, -según se logre el éxito o se padezca del fracaso- en un mundo de competencia globalizada por ganar dinero y posiciones de privilegio, cuyas reglas de juego establecidas por los “ganadores”, permiten aceptar de quienes tienen el poder, toda clase de ventajas, ardides y deslealtades, el mantenimiento de relaciones de dominio y subordinación, la corrupción y hasta el crimen, con lo cual se han incrementado los conflictos y la brecha entre ricos y pobres.

En correspondencia con esta forma de concebir el mundo, de integrarse en él y de ejercer el poder, cada vez que se ha producido un pico de crecimiento económico en el Perú, los beneficios han llegado solo a minorías privilegiadas[3] y sus efectos no se han mantenido en el tiempo, más allá del que haya permanecido el nivel de precios considerado conveniente para que nuestros recursos naturales sean adquiridos en el mercado externo, dentro de las reglas de juego descritas; principalmente, debido a una distorsión conceptual de la economía que privilegia la explotación de recursos y la obtención de utilidades en el menor plazo posible, y continúa postergando como sustento de la misma, la generación del mayor valor agregado posible de la producción, el desarrollo del mercado interno y, complementariamente, el desarrollo de la ciencia y la tecnología en armonía con nuestra realidad.

La escasa formación de quienes han ejercido el poder -y su falta de capacidad para administrarlo-, en otro campo que no sea el de hacer dinero rápido y fácil para lograr éxito y disfrute personal, es pues razón suficiente para que el Perú se sustente en una frágil economía primario exportadora casi perpetua, sin visión de país ni objetivos de bien común, y, en tal situación, con serias dificultades para enfrentar hoy la complejidad del mundo globalizado y las consecuencias sociales de su condición político-económica subordinada en el concierto internacional.

Como complemento, de esta concepción, se niega en la práctica el verdadero valor de las personas y lo que estas realmente valoran, la importancia del espíritu del ser humano, las extraordinarias potencialidades del medio natural en que vivimos, la defensa de nuestros ecosistemas, de nuestras sociedades y de nosotros mismos. De acuerdo con el ISEC[4] la globalización de la economía ha conducido a la masiva expansión de la escala del poder, de los negocios y de las finanzas, por un lado, y por el otro al aumento en cantidad y perjuicio de los problemas que enfrentamos: fundamentalismo y conflicto étnico; caos climático y extinción de especies; inestabilidad financiera y desempleo. También ha generado costos personales para la mayor parte de la población del planeta cuya vida se está volviendo cada vez más estresante, al disponer de menos tiempo para los amigos y familiares, y al tener que soportar una carga muy pesada en el trabajo que puede con suerte conseguir.

Las conclusiones anteriores son aplicables a nuestra propia realidad y las condiciones antes descritas revelan nuestras debilidades como sociedad frente a lo que ellas implican, pero sería mezquino no reconocer los beneficios económicos obtenidos por la inventiva, el esfuerzo, la buena fe y la perseverancia en el emprendimiento de actividades empresariales, que han hecho posible la superación de niveles antes alcanzados de crecimiento de nuestra economía y su persistencia en el tiempo, con respecto a situaciones precedentes, y mucho menos se puede desconocer el aporte de personas que han sabido abrir camino para el avance del conocimiento en el país, por medio de su intelecto, sabiduría, trabajo y ejemplo, en otros campos.

Tampoco es posible desconocer que cuanto más crece la economía, mayor es la posibilidad de obtener trabajo e ingresos, pero es necesario admitir que en las actuales condiciones, estos beneficios no llegan nunca en forma equitativa a los ciudadanos, debido, además de las consideraciones antes señaladas, a la ineficiencia e ineficacia de un Estado cuya administración hace uso indebido de los recursos públicos y a duras penas provee a los ciudadanos de los servicios que constituyen su función principal. Como consecuencia, las diferencias sociales en vez de acortarse se han ampliado, a la vez que se han multiplicado el caos, la violencia, la inseguridad y los altos niveles de corrupción.

Para cambiar esta situación es conveniente construir una visión de largo plazo del país, ajustada a las condiciones reales y en forma debidamente concordada, con el fin de internalizar en sus ciudadanos un nuevo comportamiento basado en los siguientes componentes básicos de lo que sería nuestra sociedad dentro de esa visión:

  • Una sociedad cuyas políticas públicas se establecen en concordancia con el derecho universal a la educación, a la salud y a un hábitat de calidad, así como a una economía que sea sostenible y que nos sustente, con base en un nuevo paradigma y en el desarrollo nacional de la ciencia y la tecnología.
  • Una sociedad justa y equitativa que se desarrolla sobre bases institucionales sólidas, en la que se respeta la naturaleza y se respetan los ciudadanos entre sí, sin exclusión alguna.
  • Una sociedad cuyas políticas se orientan a integrar los intereses públicos en los procesos de crecimiento y desarrollo económico y social, que se lleven a cabo en cada uno de los niveles de gobierno: nacional, regional, de ciudades, centros poblados y zonas rurales, del territorio patrio.
  • Una sociedad que presta atención preferente, al probable impacto de esa integración en el proceso global de creciente concentración urbana de la población y, por lo tanto, al rol que deben cumplir por categorías, los centros urbanos en relación con sus áreas de influencia, sus medios de comunicación y su necesaria complementariedad en verdaderas regiones de desarrollo, y establecer medidas adecuadas para la protección del medio ambiente y la sostenibilidad del sistema urbano-rural, dentro de las principales prioridades.

Una visión de país como la propuesta, podría servir de base para lograr el desarrollo sostenido y sustentable del Perú y dejar de ser una eterna promesa incumplida, pero en ella no puede faltar el complemento fundamental representado por la integridad de las personas que deben asumir la gerencia de cada una de las instituciones públicas y los cargos que demande el ejercicio activo de las funciones del Estado, sin lo cual cualquier intento de cambio se frustraría una vez más. Aparte de una selección adecuada de estas personas, es muy importante su incorporación a una carrera pública que podría contar con un sistema de ascenso y rotación, capacitación permanente y, fundamentalmente, educación; y dentro de este campo, nada más útil y oportuno que recurrir a hechos, imágenes y símbolos de nuestra propia historia y personalidad nacional, que alimenten nuestro espíritu y nuestras esperanzas de construir un mundo mejor desde aquí y por nosotros[5].


[1] La fundamentación de este término se puede encontrar en T.B.Bottomore, “Minorías Selectas y Sociedad”, Editorial Gredos S.A. Madrid, Capítulo I y Capítulo VII. De acuerdo con Bottomore, la Clase política se refiere a aquellos grupos que ejercen el poder o la influencia políticos, y se hallan empeñados directamente en luchas por la jefatura política; dentro de esta clase, la élite política comprende aquellos individuos que ejercen efectivamente el poder en una sociedad  y en un tiempo determinado, como miembros del gobierno y de la alta administración, jefes militares y, en algunos casos, familias políticamente influyentes, de una aristocracia o casa real y directivos de empresas económicas poderosas (pág.19). Más adelante cita a Arnold Toynbee y manifiesta que en las conclusiones de su obra “A Study of History”, vol. III pág.239, el historiador se acerca más a la teoría de las élites al decir que por minoría dominante entiende “una minoría dirigente que gobierna menos por atracción y más por la fuerza”.  (Nota al pie de la pág.186)

 

[2] Expresiones de Mario Vargas Llosa en el artículo “La Derrota del Fascismo”, publicado en el diario La República el 19 de junio de 2011, que reflejan lo que significa el liberalismo y la actitud contradictoria de quienes constituyen la clase dominante respecto de su propio credo, con una claridad y pertinencia que me inhiben de hacerlo con mis palabras.

[3] Según Bottomore, las desigualdades más importantes que existen en la sociedad son principalmente productos sociales, creados y sostenidos por las instituciones de la propiedad y la herencia, por el poder político y militar, y apoyados por creencias y doctrinas determinadas, aún cuando no siempre se resistan a las ambiciones de individuos destacados. (Pág. 165 de su obra antes citada).

[4] Estas ideas son una síntesis de las conclusiones del ISEC - International Society for Ecology & Culture, derivadas de estudios realizados por esta institución sobre la Globalización y sus efectos en la economía y la sociedad. Esta información es obtenible vía Internet.

[5] Al respecto, se puede leer el artículo “Semblanza de Un Ilustre Ciudadano que Sirvió al Perú Como Militar y Político” publicado también por el Grupo Basadre.

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