Semblanza de un ilustre ciudadano que sirvió al Perú como militar y político PDF Imprimir E-mail
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Jueves, 18 de Agosto de 2011 19:48
  • Por Gonzalo Fernández Montagne
  • (La información del artículo a continuación es responsabilidad exclusiva de su autor) 

 

En la presente oportunidad, cuando el señor Ollanta Humala Tasso se apresta a conducir los destinos de nuestro país como político, después de haber sido oficial del ejército, se considera apropiado presentar la semblanza de un peruano que coincidentemente llegó a ser un político, luego de haber prestado servicios a la patria como militar. La presentación de aspectos resaltantes de la vida del General Ernesto Montagne Markholz y de su legado, son importantes porque, estando vivos como se verá más adelante, reflejan la integridad y el honor con los que se comportó durante su existencia un servidor de la República y un camarada de armas del Presidente Humala, que físicamente dejó de existir en 1954.

 

Se trata de algunos aspectos de la vida de un ciudadano ejemplar, entre aquellos peruanos que se incorporaron al ejército en tiempos cercanos a la infausta guerra con Chile, llenos de amor por el Perú y orgullosos de emprender el camino de reivindicar el buen nombre del país y de sus instituciones. Era el tiempo de analizar los errores del pasado reciente y de evitar que se volvieran a repetir, de lo que no escapaba el deficiente desempeño de la élite dominante local, que no supo prever la amenaza a nuestra economía y a nuestro territorio por parte del Imperio Británico, ni la defensa de nuestro país para enfrentar en condiciones adecuadas las intrigas internacionales y la traición que efectivamente ocurrió por parte de los gobernantes y líderes chilenos, y la arrogancia, rapiña y barbarie de su ejército invasor, que actuó bajo el amparo de ese imperio y a sabiendas que era una guerra desigual.[1]

Esta semblanza[2] resulta apropiada, por tratarse de alguien cuya vida pública puede considerarse modelo de comportamiento, y oportuna porque es al mismo tiempo una muestra de respeto por el legado que nos dejó como herencia un hombre íntegro, que rescata valores cristianos y democráticos con los que es posible revertir los males de nuestra historia y terminar de construir un verdadero país. El propósito es consolidar en el Perú una verdadera democracia a partir de nuestros propios valores, una patria de ciudadanos debidamente respetados y respetuosos, prósperos y solidarios, en los que sea factible sembrar un espíritu orientado al bien común, para que puedan cosechar cuanto antes sus propios frutos, en forma creciente y dentro de un proceso gradual pero sostenido.

Ernesto Montagne Markholz Ingresó a la Escuela Militar del Perú en 1903 y recibió la espada de Honor al egresar de ella. En 1911 cursó estudios en la Escuela Superior de Guerra, graduándose como oficial de Estado Mayor y por sus altas notas fue enviado a Francia con el auspicio del Gobierno de este país, donde realizó estudios en la Escuela Superior de Guerra. Entre otros cargos importantes, fue Director de la Escuela Militar en dos oportunidades, Contralor del Ejército, Comandante en Jefe de las fuerzas militares del Nor Oriente, y Jefe del Estado Mayor de la Misión Alemana que presidiera el general Fauppel; además, recibió numerosas condecoraciones por sus importantes servicios durante su carrera militar, y entre éstas, la Realeza Británica le confirió aquellas que acompañan al Título de Sir con el que quiso honrarlo.

Más adelante, cuando pasó a la vida civil sirvió a la patria como político y, en tal condición, ejerció las carteras de Relaciones Exteriores, Justicia, Educación Pública y Gobierno, prestó funciones de Vicepresidente de la República y presidió la Cámara de Senadores en dos legislaturas. Pero lo notable fueron su personalidad, su bonhomía, el amor que sembró en todo aquel que lo conoció; la justicia, la humildad y la honestidad con que desempeñó sus actos privados y públicos y, finalmente, su voluntad de no recibir honores militares, ni la celebración de ceremonia oficial alguna, que fue una de sus instrucciones para cuando dejara de existir, y el testamento que escribió para su familia antes de fallecer, del cual cito algunas de sus palabras finales: “Al morir no lego bienes de fortuna de ninguna clase, ni siquiera casa, ni terreno propio. Dejo solo un apellido sin mácula, una viuda y ocho hijos…”

También fueron transcritos en las memorias del General Montagne, los discursos de homenaje pronunciados al cumplirse dos años de su fallecimiento, uno en la 11ª Sesión del Senado de la República, celebrada el 28 de agosto de 1956, y otro en la 16ª Sesión de la Cámara de Diputados realizada el 5 de setiembre del mismo año, durante el gobierno del señor Manuel Prado, que había sucedido al dictador Manuel Odría; y ambos discursos nos permiten tener una idea más aproximada de por qué su vida pública es considerada como un ejemplo. A través de algunas referencias que en su nombre hicieron distinguidas personalidades en esa oportunidad, el entonces senador por Arequipa, señor Mario Polar Ugarteche, pidió el uso de la palabra en el inicio de la antes mencionada sesión de la Cámara de Senadores de la República, al entonces presidente del Senado, señor José Gálvez y, una vez concedido, inició su discurso[3] de la siguiente manera:

“Señor presidente. El 27 de agosto de 1954 falleció en Lima un hombre honrado que por espacio de varios lustros desempeñó altísimas funciones públicas. Fue General del Ejército, Senador de la República, Ministro de Estado y Jefe de Gabinete. A lo largo de su carrera de hombre público, como lo reconoció en un nobilísimo testamento, tuvo errores y aciertos. De los aciertos no quiso acordarse al fin de sus días; pero por los errores en que pudo incurrir, pidió perdón como un hombre, como un verdadero caballero cristiano. Pero lo que no hizo nunca fue abusar de su poder en provecho personal. Y murió pobre para mayor dignificación de su carrera y de su familia. En estos países nuestros, todavía mal organizados, donde el virus de la corrupción suele prender pronto en los hombres públicos, el ejemplo del General Ernesto Montagne debe ser resaltado y exhibido. Y debe ser exaltado precisamente por los políticos, porque, como lo sostenemos insistentemente, los demócrata-cristianos, los hombres públicos deben hacer moral con el ejemplo si quieren hacer país”.

No sé si en esa misma o en otra circunstancia, tal como se registra en las memorias del General Ernesto Montagne, cuyo nombre lleva una avenida del Distrito de Miraflores, el señor Manuel Mujica Gallo manifestó en un discurso en su homenaje que “dejó de vivir en voluntario silencio y guardando estrictamente su voto de pobreza, recién prestado su último servicio a la nación, con entereza de ciudadano ejemplar, y luego de cumplir un deber cívico que lo condujo al sufrimiento de torvos vejámenes a los que daba cara con inalterable y templado señorío. Murió Montagne como murió Castilla con la bandera de la constitucionalidad; murió como La Mar y Nieto, como estos próceres del ejército peruano, exhalando ascetismo docente; como ellos, injuriado y pobre, enhiesto e incorruptible”.

Ante la tumba del general Montagne, en el día de su entierro, el señor Guillermo Hoyos Osores pronunció un discurso de homenaje, en cuya primera parte describió la situación política que tuvo que enfrentar el difunto, “cuando un solo hombre ejercía la potestad legislativa y en parte la judicial, fuera de que salvo pocas excepciones, la magistratura le estaba sometida; y gentes oscuras, hasta poco antes desconocidas, disponían a su antojo de la libertad de los ciudadanos, de su sosiego y aún de su derecho a vivir en suelo patrio. En esas condiciones ninguna fuerza de espíritu o cultura, eran tenidos en consideración: el usurpador y sus áulicos decidían soberanamente del destino nacional. Una parte de la clase conservadora —la del criterio plutocrático más cerrado— se holgaba de que un régimen policíaco velara su sueño y multitud de políticos profesionales ofrecíanse al dictador”.

“Cuando este quiso legitimarse, convocó a elecciones amañadas frente a las cuales unos pocos hombres sin dinero pero con resolución patriótica, se le enfrentaron porque querían que el Perú viviera como un país de ciudadanos, y no como una factoría de oro y esclavos. Ante una ‘ley maliciosa, amañada para la trapisonda’ y el hecho que se dispusieron los del gobierno al fraude, Montagne formó en las filas de la oposición activa y, aunque el prestigio, bagaje político y experiencia le daban el relieve de una figura ‘presidenciable’, nunca hizo, en el seno de la Liga Democrática, insinuación alguna acerca de su candidatura. Ella surgió naturalmente por el acuerdo de distintos grupos políticos, previa consulta con bases populares de unos y otros”.

Ocurrieron luego hechos nefastos detallados en las memorias del General Montagne, que no es del caso relatar, pero sí el que “una vez elegido y postulado como candidato a la presidencia de la República, fue encerrado en una celda del Panóptico y pudo la usurpación creer entonces que había vencido decisivamente a la causa de la libertad. Por efecto de la guerra coreana había bonanza económica, que el régimen del General Manuel Odría atribuía a sus propios méritos. Era la época de los elefantes blancos de cemento —que han dejado hipotecadas por años las rentas del fisco—, de los negocios, de las comisiones, de los regalos… Tiempo de servidumbre y ansia cartaginesa de riquezas fáciles, que Montagne vivió en el noble retiro de su hogar sin mácula, y que desgraciadamente no iba a permitirle la suerte ver el triunfo del espíritu nacional”.

“Sin embargo, las semillas de libertad que este gran sembrador esparciera en la tierra patria brotaron más tarde, en la acción cívica del año 1955 y en las jornadas electorales del 56, y hoy las vivimos como ciudadanos. Afirmémonos en la resolución de conservar siempre tan alta dignidad, y de combatir a quien siquiera intentase arrebatarnos, como hizo, en días de durísima prueba, el patricio ante cuya tumba nos inclinamos reverentes.” Al respecto, en el preámbulo de las memorias del General Montagne aparecen textualmente, sus siguientes palabras:

“He esperado dos años para serenarme antes de relatar los sucesos políticos ocurridos en 1949 y 1950, sobre los cuales el pueblo peruano tiene formado su juicio que podrá divulgar cuando se levante la compuerta que ataja la libertad en el Perú en todas sus manifestaciones; cuando a la cobardía e impudicia, impuestas por el terror y el soborno, sucedan la exigencia de la altivez y de la dignidad, atributos característicos de los hombres libres y honestos”.

Al recordar algunos hechos del pasado y aquellos que ocurrieron entre los años 40 y 50 del siglo XX, es penoso comprobar que la situación actual no es muy diferente, en lo que se refiere a la corrupción y a la ausencia de valores democráticos de las élites dominantes, y que estos hechos parecen repetirse una y otra vez en nuestra historia, con cada vez menos personas de estas calidades que les hagan frente. Para superar esta situación, es necesario iniciar un cambio real y persistente de nuestra sociedad y actuar con los valores que han guiado la conducta de aquellos peruanos que han forjado nuestra dignidad en la historia, a fin de que hechos de esta naturaleza no se vuelvan a repetir.

Surgen en las actuales circunstancias una nueva oportunidad y una renovada esperanza para terminar de construir un verdadero país, y hacer del Perú una auténtica democracia, una patria de ciudadanos debidamente respetados y respetuosos, prósperos y solidarios. Para que esto sea posible, el buen ejemplo de todos los ciudadanos, de los gobernantes, de las autoridades, y de quienes administren las funciones del Estado; la educación en valores, la salud física y mental de los peruanos; el amparo a los más pobres y desprotegidos —principalmente a los ancianos, a las madres gestantes y a los niños—; la justicia y la seguridad a todo nivel, deben orientar la actitud de los ciudadanos y las políticas públicas con la mayor prioridad, para iniciar así la construcción de la parte incumplida de nuestra historia ¡con la razón y la fuerza de nuestro espíritu!


[1] Ver artículo Qué Condiciona una Sana Relación con Chile en la página de Internet del Grupo Basadre.

[2] Para presentar esta semblanza, han sido de la mayor utilidad los hechos relatados por el General Montagne durante sus últimos años de vida en sus “Memorias”, y aquellos que otras personas pusieron de manifiesto después de su fallecimiento; texto que fue editado y publicado por su viuda de ascendencia arequipeña, señora Raquel Sánchez de Montagne en noviembre de 1962.

[3] He organizado las frases en el mismo orden de pronunciadas, añadido o eliminado alguna palabra y saltado párrafos enteros, sin señalarlo con puntos suspensivos como corresponde, y variado la puntuación, para facilitar la lectura y el sentido de este y los siguientes discursos.

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